La noche se había vuelto más silenciosa. El primer intercambio entre Céfiro y el anfitrión no había cerrado nada: solo había abierto un territorio más hondo. Ambos permanecían sentados frente al mármol y las antorchas, conscientes de que lo dicho era apenas el umbral.
Fue el anfitrión quien rompió el silencio, no para continuar la charla, sino para llevarla a un nivel distinto.
–Céfiro– dijo el anfitrión, con una voz que parecía encerrar años de reflexión contenida–, has hablado de tus obras, de tu recorrido por el mundo, de la forma en que tus manos y tu mente han levantado estructuras que sostienen ciudades enteras. Pero dime, con la misma sinceridad con la que has descrito el peso de las piedras… ¿quién eres cuando todo eso calla? ¿Quién eres cuando los andamios se desarman, cuando los hombres duermen, cuando no queda más que tu respiración y tu propia sombra acompañándote? ¿Y quién eres cuando ya no estás actuando para otros, sino mirándote sin el deber, sin la función y sin las expectativas de quienes te necesitan?–
Céfiro inspiró profundo, como si necesitara aire para encontrar una respuesta que no había dicho jamás.
–No lo sé con claridad, señor– respondió, moviendo apenas las manos como si buscara en ellas la palabra justa–. He dedicado tanto tiempo a comprender cómo se sostiene un arco, un acueducto, un anfiteatro, pero pocas veces he pensado en cómo se sostiene un hombre cuando está completamente solo. He procurado ser útil, firme, diligente… y quizás esa misma necesidad de utilidad me ha impedido detenerme a mirar lo que soy más allá del deber. Incluso más allá de mis afectos: he sido tan responsable de mis obras, de mi gente, de mis soldados, de mi familia… que a veces me olvido de preguntarme quién soy sin ese rol. Me pierdo en cuidar y servir, y en ese acto tan noble también se esconde el riesgo de abandonarme. O quizá lo evité por miedo a lo que encontraría.–
El anfitrión inclinó un poco la cabeza, como quien reconoce un pensamiento que él mismo había atravesado alguna vez.
–Muchos hombres, Céfiro, viven aferrados a lo que hacen porque temen descubrir que no saben quiénes son sin ello. Se confunden con su obra, con su nombre, con los elogios o con los silencios ajenos. Y otros se confunden con aquellos a quienes aman: creen que su identidad se resume en ser protectores, proveedores, vigías, columnas familiares o pilares de un imperio. Se entregan tanto a los demás que olvidan que también son individuos que deben cultivarse a sí mismos. Pero el verdadero juicio sobre uno mismo no nace del aplauso ni de la ausencia de él, sino de ese espacio íntimo donde solo vive la verdad sin adornos.–
Céfiro apretó la mandíbula, no con tensión, sino como quien procesa algo inevitable.
–Si me desnudo de lo que he hecho… entonces temo ser menos de lo que la gente cree que soy– confesó–. Y eso, aunque suene contradictorio, no nace del orgullo, sino de una inseguridad que nunca he sabido si debo alimentar, ignorar o enfrentar. He visto construcciones que parecen perfectas y que, sin embargo, guardan fisuras que solo un ojo entrenado puede percibir. A veces siento que yo mismo soy así: funcional hacia afuera, firme en apariencia, pero con pequeñas grietas internas que solo yo sé que existen. Y cuando pienso en quienes he amado, a quienes he defendido, en aquellos para quienes he sido ejemplo o refugio, me pregunto si esas grietas también los han tocado, si he sido suficiente para ellos… o si he vivido tan hacia afuera que he descuidado mi propio interior.–
El anfitrión respondió sin prisa, como quien coloca una piedra importante en un cimiento:
–La confianza verdadera no consiste en ignorar esas grietas, Céfiro. No se trata de pretender que no existen ni de ocultarlas bajo capas de falsa modestia. La confianza nace cuando uno puede mirar esas fisuras sin asco, sin miedo, sin vergüenza; cuando uno puede decirse a sí mismo: “Aquí estoy, incompleto, pero no por ello menos digno”. Los hombres que aparentan perfección son los que más fácilmente se quiebran. Los que reconocen su fragilidad sin caer en la autocompasión… esos son los que verdaderamente pueden sostenerse. Y solo un hombre que se sostiene a sí mismo puede sostener con justicia a aquellos que ama; de lo contrario, terminará dando a otros lo que él mismo no posee.–
–¿Entonces no necesito sentirme perfecto para sentirme apto?– preguntó Céfiro, con una mezcla de alivio y duda.
–No, en absoluto– respondió el anfitrión, con una firmeza pausada–. La dignidad no nace de la perfección, sino de la rectitud. Y la rectitud no consiste en no fallar nunca, sino en no traicionarse. Un hombre que actúa conforme a lo que sabe que es correcto, sin doblar el alma ante la conveniencia o el miedo, ya es grande, aunque nunca aparezca su nombre tallado en ninguna piedra. Y es aún más grande aquel que comprende que no puede ser salvación de otros si no trabaja primero en su propia alma. El que se entrega sin reservar algo para sí termina exhausto, resentido o quebrado. El equilibrio interior también es un acto de amor hacia los demás.–
Céfiro frunció ligeramente el ceño, pensativo.
–He intentado ser recto– dijo–, pero a veces, cuando veo la grandeza de otros, cuando piso lugares como este, siento que yo ocupo un asiento prestado. Como si mi función fuera entrar, reparar algo, y luego irme antes de que alguien note demasiado mi presencia. Como si mi lugar estuviera en el trabajo y no en la solemnidad de estos espacios. Y lo mismo me sucede con las personas que dependen de mí: me doy a ellos, pero a veces siento que estoy actuando un papel que pudiera efectuar mejor.–
El anfitrión entrelazó las manos sobre su regazo.
–Dime, Céfiro… ¿quién te dijo que no perteneces? ¿Fue el juicio de otros hombres o el tuyo propio? Porque a veces el látigo más severo no proviene de afuera, sino del interior. El hombre modesto suele confundir su prudencia con pequeñez. Y el hombre cobarde suele disfrazar su cobardía de humildad. Y el hombre que se olvida de sí mismo suele disfrazar su abandono como sacrificio. Pero ningún sacrificio es noble si destruye al que lo ofrece. La verdadera humildad consiste en aceptar lo que uno es… sin exagerarlo, pero también sin esconderlo bajo capas de falsa timidez.–
Céfiro respiró hondo.
–Creo que muchas veces he sido yo quien ha decidido que no pertenezco– admitió–. Nadie me ha dicho que soy indigno, pero yo mismo me adelanto a pensarlo, como si quisiera evitar el dolor de escucharlo de otros labios. Lo digo antes de que alguien pueda juzgarme. Es una forma de… defensa, supongo. Y quizá también una forma de justificar que entrego todo a mis responsabilidades externas, a mis hombres, a mis seres queridos, porque así no tengo que enfrentar la tarea más difícil: la de conocerme y sostenerme a mí mismo.–
El anfitrión negó con la cabeza suavemente.
–Eso no es humildad, Céfiro. Es una forma elegante de desprecio hacia uno mismo. Es quitarse valor antes de que alguien más tenga la oportunidad de dártelo. La humildad reconoce la verdad. La soberbia la exagera. La cobardía la minimiza. Y el olvido de uno mismo la entierra. Y tú no estás llamado a ser ni soberbio ni cobarde ni amnésico de tu propio espíritu. Estás llamado a ser verdadero.–
Céfiro abrió un poco más los ojos, sorprendido por la precisión del juicio.
–Entonces… si niego lo que soy, si minimizo mi propio mérito, ¿estoy faltando a la rectitud?–
–Así es– afirmó el anfitrión–. Porque rectitud significa no mentirse. Y mentirse no es solo inflarse: también es encogerse para no incomodar a los demás. No naciste para ser pequeño. Y no naciste para existir solo en función de otros, aunque los ames profundamente. Tu deber hacia ellos empieza por tu deber hacia ti. La grandeza no es soberbia si nace del deber; no es arrogancia si nace de la honestidad; no es ruido si nace del silencio interior.–
Céfiro sintió que algo dentro de él se ajustaba con lentitud, como una pieza que al fin encuentra su sitio.
–Si me lo permite, señor… creo que nunca había escuchado dicho de esa manera. Siempre pensé que ser modesto era callar mis propios méritos, restarles importancia, esconder lo que había logrado para no parecer engreído. Pero ahora entiendo que quizá, al hacer eso, me he convertido en un hombre que desconfía de sí mismo antes de confiar en su propio juicio. Y que, al desatenderme, he puesto peso innecesario sobre quienes me rodean; porque cuando uno mismo está incompleto, obliga sin querer a otros a sostener lo que debería sostener uno, y eso realmente da bastante tristeza.–
El anfitrión sonrió apenas.
–Ahí empieza la verdadera autoconfianza, Céfiro. No en lo que has construido hacia afuera, sino en aquello que has decidido no derrumbar hacia adentro. Un hombre se define por lo que preserva de sí mismo cuando nadie lo ve. Y tú, por más que lo niegues, has preservado tu rectitud. Esa es una base más firme que cualquier columna de mármol. Y cuando esa base se fortalezca, tus vínculos, tus responsabilidades y tus afectos descansarán sobre cimientos más sólidos, sin que tú tengas que sacrificarte hasta la fractura.–
Céfiro se acomodó en la silla. No había encontrado respuestas definitivas, pero sí una sensación distinta: una especie de estabilidad interior, como si el alma hubiese recibido un andamio nuevo.
–Entonces… lo que sostiene mi obra soy yo mismo– dijo, reflexionando en voz alta–. Y si yo estoy debilitado, todo lo que construyo tiembla, aunque nadie lo note a simple vista. Y también tiemblan quienes me aman, aunque finjan que no lo sienten, eso lo puedo ver a distancia; como las grietas empiezan a presentarse en ellos, en su sonrisa y en su diario vivir.–
–Exacto– respondió el anfitrión–. El imperio puede sostenerse con tus manos, pero tú solo puedes sostenerte con tu alma. Y tu alma requiere el mismo cuidado, la misma disciplina y el mismo rigor que aplicas en cada pieza de piedra que colocas en su sitio. Amar a otros es valioso, pero amarte de forma responsable a ti mismo es un deber. No para satisfacer tus deseos, sino para no fallar a quienes dependen de tu fortaleza interior. Somos esculturas que trabajan su misma piedra golpe a golpe con el cincel, algunos golpes duelen al remover material sobrante, y muchos otros dan alivio. Lo importante es recordar que nos estamos creando, mejorando en cada movimiento; bajo la luz de la naturaleza y lo divino; aquello que permite que nos movamos.
Las antorchas seguían su danza irregular cuando el anfitrión se inclinó apenas hacia adelante, como si quisiera abrir una puerta distinta a la que ya habían atravesado con sus palabras.
–Céfiro– dijo con voz más grave, casi confidencial–, has hablado de tus obras y de tu espíritu. Pero hay algo más que recorre a los hombres como tú: la carga de conducir. El peso silencioso del que sostiene sin pedir reconocimiento, del que avanza sin que nadie vea lo que deja atrás.– una mirada profunda ahondaba penetrante en los ojos brillosos del inquilino.-
Céfiro levantó la mirada, atento. No era una pregunta; era una afirmación dirigida directamente a su alma.
–Sé de qué me habla– respondió lentamente–. A veces siento que la gente ve mis obras, mis muros, mis cálculos… pero no ve el cansancio que dejo en cada una de ellas, ni la duda que llevo al decidir por tantos. ¿Cómo podría verlo? Cada decisión tiene un precio, pero ese precio no está tallado en ningún mármol; lo cargo yo, aquí adentro.–
El anfitrión asintió, como quien reconoce un hermano en la misma batalla invisible.
–El que guía– dijo– suele llevar más peso del que admite. Porque la gente cree que quien sabe construir también sabe resistir. Creen que quien tiene visión también tiene fuerza infinita. Y, sin embargo, los hombres como tú y como yo… cargamos con la fatiga de quienes nunca nos preguntan si estamos cansados.–
Un silencio profundo se colocó entre ambos, no incómodo, sino necesario.
–A veces creo– confesó Céfiro– que la gente confía demasiado en mí. Como si la capacidad se volviera sinónimo de inagotabilidad. Y yo… yo cumplo, yo respondo, yo actúo… pero nadie sabe lo que dejo de mí en cada obra, en cada hombre que sigue mis órdenes.–
–Ese es el desgaste del hombre capaz– respondió el anfitrión–. El mundo no exige todo del incompetente; exige todo del que puede. El que sabe hacer, termina haciendo. El que sabe resolver, termina resolviendo. El que sabe sostener, termina sosteniendo hasta que sus propias piernas tiemblan.–
Céfiro respiró, hondo, como si aquella verdad le pesara más que cualquier piedra de sus construcciones.
–¿Y cómo se soporta eso?– preguntó con voz baja–. ¿Cómo se guía sin quebrarse por dentro?
El anfitrión se puso de pie, despacio, como quien invita sin palabras a cambiar de escenario. Céfiro lo imitó. El anfitrión lo condujo hacia uno de los pasillos laterales. El mármol bajo los pies emitía un eco suave con cada paso, y las estatuas parecían avanzar a la par de ellos.
–Acompáñame– dijo simplemente.
Caminaron unos metros en silencio, dejando que el movimiento aflojara la tensión acumulada.
–Ves estas columnas, Céfiro– dijo el anfitrión, tocando con la palma una piedra enorme y pulida–. Todas sostienen peso, pero ninguna lo sostiene sola. Está calculado. Está distribuido. Incluso la arquitectura más imponente comparte su carga. ¿Por qué habría de ser distinto con los hombres?–
–Porque a veces– respondió Céfiro, deteniéndose frente a otra columna– no hay nadie más que pueda cargar una decisión. Porque uno, siendo honesto, sabe que si no toma el peso, todo lo que está alrededor podría caer.–
El anfitrión guardó silencio un momento, como si meditara la respuesta con más cuidado aún.
–Ese es el peligro de los hombres que el imperio necesita– dijo–: creen que su fuerza es obligación, no elección. Pero lo que conduce no es la fuerza del cuerpo, ni siquiera la fuerza del intelecto… sino la claridad del alma. Dirigir no significa poder. Significa perspectiva. Significa ver más lejos que los demás, incluso cuando no quieres ver más.–
Céfiro bajó la vista un instante.
–A veces no quiero ver más lejos– admitió–. A veces preferiría ser uno más entre mis hombres, trabajar sin pensar, sin calcular cada consecuencia. Pero luego veo lo que podría derrumbarse si yo me detengo… y sigo adelante.–
–Eso es liderazgo– dijo el anfitrión, reanudando el paso–. No el título, no el cargo, no el reconocimiento. Liderar es conocer el cansancio y, aun así, no permitir que oscurezca tu juicio. Pero también saber cuándo necesitas sostenerte en otro, en un consejo, en un silencio, en un momento de verdad contigo mismo.–
Llegaron a un patio secundario, más pequeño, custodiado por esculturas que representaban figuras humanas en distintos gestos de esfuerzo y reposo. El agua corría por un canal estrecho, su murmullo acompañando la voz del anfitrión.
–Y entonces está el imperio– continuó–. La ciudad que crece mientras tú cargas, la gente que duerme mientras tú vigilas, el mundo que presume las obras sin conocer el peso que dejaron sobre tus hombros. Pero escucha bien esto, Céfiro: el imperio no se sostiene con tus manos solamente. El imperio verdadero se sostiene con la cordura del que guía. Y esa cordura exige que el líder también se vea como un hombre, no como una herramienta incansable.–
Céfiro tocó el borde del canal con la punta de los dedos, sintiendo el agua fría.
–Nunca lo había pensado así– dijo con sinceridad–. Siempre me he dicho a mí mismo que soy útil, que mi valor está en resolver, en construir, en decidir. Pero usted me dice que mi valor también está en comprender mis límites… y en no dejar que el peso me convierta en un muro sin alma.–
–Exactamente– respondió el anfitrión–. Porque incluso un muro colosal se quiebra si nunca se revisa. El hombre que dirige debe conocerse más profundamente que el hombre que obedece. Debe conocerse incluso más profundamente que el hombre que se cree sabio. Debe revisar sus cimientos, sus grietas, sus impulsos. Porque si él cae, no cae solo: cae todo lo que depende de él.–
Céfiro lo miró entonces con una mezcla de respeto, comprensión y un poco de temor.
–Usted habla como si también hubiera cargado con ese peso– dijo.
El anfitrión sonrió apenas, una sonrisa que contenía cansancio, memoria y cierta melancolía.
–Lo he cargado– respondió–. Y lo sigo cargando. Y por eso estás aquí esta noche. Porque no solo necesitabas decir lo que llevas dentro… sino porque yo necesitaba escuchar de la voz de otro hombre que entiende el peso de sostener sin quebrarse.–
El agua siguió corriendo.
La noche pareció encogerse alrededor de los dos hombres.
Y el silencio entre ellos no fue vacío: fue reconocimiento.
–Céfiro– dijo el anfitrión finalmente, deteniéndose frente a él–, guiar no es un privilegio. Es una herida que se cura solo con verdad. Y esta noche… ambos vinimos a eso.— Aquellos ojos del anfitrión emitían mas calor que cualquier hoguera que Céfiro haya sentido a lo largo de su vida, un fuego incontenible, uno que lo llamaba a simplemente regresar a todo lo que el consideraba su vida, pero a vivirla de manera distinta, mejorada, renovada. A no volver a perder el tiempo en nimiedades ahora visibles a sus ojos.
–Nunca olvidaré la mirada de ese gran hombre.— Pensaba el constructor.
E. H. Ali