Fue un 17 de noviembre, cerca de la medianoche. Caminaba por un callejón oscuro en algún rincón de Florencia. A lo lejos, una música conocida se volvió brújula y destino. Los charcos del suelo eran reto y juego a la vez. De brinco en brinco los fui superando; las luminarias intermitentes me sugerían un camino más seguro. Aquellos rones me recordaban que no había sido prudente beber en una ciudad desconocida, sin pila en el celular. Por aquellos años los mapas eran referencias para ir y regresar a un destino: la panadería con letrero verde frente a la plaza es vuelta a la izquierda, la estatua en medio de la avenida, el parque rombo con columpios al centro. Pero los mapas cambian con el ron: se ondulan, se corren, se burlan de la memoria.
De pronto se detuvo. Desde afuera puedo verlo: el cuerpo cansado, los brazos pesados como plomo sin cargar nada. Se sienta al lado de un riachuelo mínimo, apenas una vena de agua. Enfrente de él está el cuadro. No llega: ya estaba allí, como si lo hubiese seguido desde siempre.
Ahí lo vi por primera vez: la gran pintura que cargaba conmigo. En ella, yo sonreía con una alegría exagerada, rodeado de gente feliz y nubes encendidas en un paisaje inolvidable. Era un cuadro grande, pero no estaba fijo: se movía conmigo. Respiraba. Crecía con el tiempo.
El cuadro de aquel día en Florencia se volvió aliado, confidente… y personalidad. No porque yo lo eligiera, sino porque las horas y los años me enseñaron que yo era el cuadro. La gente a mi alrededor ya no me veía a mí, sino a la pintura, y la pintura crecía con sus miradas. Cada halago era una pincelada nueva; cada risa ajena, una capa de barniz. Entonces aprendí a posar incluso cuando estaba solo.
Lo observo practicar su sonrisa frente al cristal de una vitrina cerrada. La cara detrás pide aire, pero el marco no deja pasar más que la versión pulida. El cuadro tiene hambre; se alimenta de ojos, de egos y experiencias. Él, detrás, adelgaza un poco.
Intenté dejarlo una noche, sobre una banca mojada. Di un paso y el peso tiró de mí: el cuadro me cargaba a mí. Un transeúnte pasó y dijo “qué bonita vida”; el lienzo creció medio centímetro en todas direcciones. Entendí el costo: por cada centímetro del cuadro, perdía un milímetro de rostro verdadero.
Sigo escuchando aquella música y avanzo. Aprendí a descolgar el cuadro cuando necesito respirar, a sostenerlo solo cuando el mundo exige espectáculo. A veces lo apoyo contra la pared, lo dejo mirar hacia mí, y le digo: “Yo no soy tú. Tú solo eres lo que los otros ven.”
Y entonces, por un instante, el marco afloja.
Y mi cara, detrás, vuelve a tener mi forma.
—E. H. Ali