He caminado por días, días y más días. Incontables jornadas y noches, bajo el sol, la lluvia, el frío… y la soledad que más agita mi alma. Esa soledad equivocada, la que al principio quema como el desierto, pero que al enfrentarse con uno mismo se transforma en algo divino, incluso en algo divertido. Una soledad distinta, pero necesaria. Una soledad que se acompaña de sí misma.
El camino largo cobra significado y relevancia. Ese camino lleno de lodo, de polvo, de espinas, hace que uno termine encontrándose consigo mismo. La barba crecida me recuerda los días como el reloj le recuerda la hora a alguien que corre hacia un compromiso. Mentiría si dijera que el tiempo se ha ralentizado o se ha acelerado. Ya no importa. Lo único que importa es que hay tiempo para pensar en estas cuestiones.

He contado 538 postes blancos en las últimas horas, tal vez minutos, quién sabe. Este rancho parece no tener fin. En el horizonte, hacia el este, las montañas se agrandan y luego se empequeñecen, pero los postes no. Ellos permanecen constantes, obedientes a su línea imaginaria: rectos, firmes, perfectamente alineados, uno tras otro. Decidí que dejaré de contar al llegar al número 600, porque no tiene sentido seguir sumando sin saber a qué cifra quiero llegar. Como en la vida. ¿O quizás la vida es eso? Contar sin conocer el número final. No lo sé. No quiero perderme en divagaciones absurdas ni en cifras repetidas acerca de una cerca cuyo inicio y fin desconozco.

A veces me pregunto si alguien más los contó antes que yo. Si el hombre que los colocó, bajo el mismo sol que ahora me abrasa, se detuvo a admirar su rectitud, su constancia. Si los clavó con esperanza, con rabia, o simplemente con resignación. Me intriga pensar que tal vez cada poste guarda un secreto distinto, o quizás todos repiten el mismo mensaje en silencio, como un eco sin voz: sigue caminando.

Hoy noté que algunos postes tienen marcas: pequeños golpes, muescas, tal vez causadas por animales o por el tiempo mismo. Sin embargo, todos permanecen de pie. Me parece justo. Una vida entera puede quedar marcada y, aun así, seguir recta, seguir erguida. Eso también somos: cercas largas que resisten el tiempo, el clima, las distancias. Somos postes golpeados que todavía cumplen su labor sin protestar.

Vi un poste ligeramente torcido, apenas perceptible. Me detuve frente a él más de lo que debía. ¿Por qué? ¿Por qué ese, entre tantos, capturó mi atención? Tal vez porque se parece a mí. No cayó, no se quebró, solo cedió un poco, como uno cede a la vida. Y sin embargo, ahí está, en su sitio, parte de la fila, aceptado por sus hermanos como si nada hubiese pasado. Me gustaría que así fuera la memoria humana: gentil con nuestras torceduras.

Estos postes blancos parecen saber su destino mejor que yo. Me encuentro hablando de ellos y con ellos, mientras mis pasos desgastan las suelas de mis zapatos, esos que lo han dado todo por llevarme a un lugar que también desconocen.


Zapatos viejos, leales, con la forma ya impresa de mis dudas. Crujen con cada paso, como si quisieran decir algo que solo entiende el polvo del camino. No saben si el destino es un final o un espejismo, pero me acompañan con fe ciega.


A veces creo que ellos caminan más convencidos que yo. Yo solo soy quien los habita por ahora. Y mientras siguen avanzando, llevando mis pensamientos al ritmo de sus pasos, me doy cuenta de que este instante… este tramo de historia… también pasará. Y que tú, lector, has caminado conmigo. Solo un poco. Solo por hoy… hablando con suelas de zapato y volteando de reojo a la cerca de postes blancos que por ahora ya hace silencio…

E. H. Ali