– ¡Hey! ¡Espera!

Le decía el joven a eso que perseguía. – ¿Por qué corres tan rápido? – Preguntaba angustiado y con el corazón palpitando rápido. El tiempo dejaba de tener sentido, aquello que parecía antes importar había perdido relevancia. El único objetivo era eso que parecía cada vez ir mas rápido, aquello que se alejaba. No cabía nada mas en la cabeza del joven mas que alcanzar el blanco que su mirada había puesto fija.

Incluso la determinación se sorprendió al ver el nivel de intrepidez que existía en ello, sacudiéndose el asombro al abrir y cerrar los ojos repetidamente.

La voluntad sintió un orgullo como aquel padre que ve lograr un hito en su hijo por méritos propios; su sonrisa era extrema.

 La duda se sintió abandonada y como hacía mucho tiempo se sintió sola, preguntándose desconcertada que era lo que pasaba. Acostumbrada siempre a vivir en todo lo que existe, quedo paralizada sin saber que hacer.

El amor sonrió al saber que lo habían entendido y era el motor de aquello que impulsaba al joven. Mil párrafos de escritura no podrían describir aquello que hacia que se moviera. Un misterio que solo aquellos que fueran niños son capaces de vivir y descubrir.

La nostalgia miraba de lejos, sin rencor, pero con un sentimiento profundo y confuso. Así, muy similar a ella misma. Gris y sin profundidad, como aquellos pantanos que abundan, pero no contienen vida.

La experiencia y la madurez, que estaban siempre juntas solo se miraron el uno al otro y con una mueca que no podía identificarse siguieron adelante sin prestar mucha atención a lo que acontecía.

La motivación sintió por un momento que no podría seguirle el paso al joven. Corrió junto a el lo mas rápido que pudo, por un tiempo indeterminado e incierto hasta que su vista se nubló, se cansó y se detuvo mientras se esfumaba como el humo de un incienso.

Hasta el tiempo se confundió por algún momento, al ver que todo estaba dilatado. Vio que el ayer era el hoy y el mañana el presente. Su relevancia se evaporaba como aquellas gotas que se habían tardado en conformarse en lluvia. Lo fugaz y eterno se encontraban charlando y jugando en un mismo tablero de ajedrez.

La resistencia se dio cuenta que su mejor amiga era el descanso. Y que por mucho tiempo no habían convivido. Que no eran opuestas sino una misma.

La prudencia desde lo alto observó y se dio cuenta que todo lo que acontecía era necesario. Cayó y siguió atenta cual madre, que con dolor y orgullo ve desplomarse a un hijo mientras por su cuenta se levanta y se sacude la tierra de la herida.

La humildad abrazo el corazón del joven intentando protegerlo. Pero el resultado de esa acción, al parecer, solo el tiempo y lo alto saben si resultó favorable o no.

La ira desesperada se dio cuenta que se convertía poco a poco en algo que no conocía, en algo que el joven usaba de combustible para seguir corriendo, para seguir adelante. Su forma original era de un tamaño colosal, las montañas eran hormigas comparadas a ella. Pero ahora todo cambiaba, su nueva forma se asemejaba mas al agua que se moldeaba en cualquier recipiente. Algo como un fluido uniforme. Desconcertada gritaba fuerte, pero aquellos gritos se asemejaban a aquellos que lo hacen en medio del bosque.

La eternidad veía no solo a un joven que perseguía a algo, veía un sinfín de jóvenes persiguiendo un sinfín de algos. En su absoluta sabiduría vio que esto era bueno. Y sonrió.

La alegría se sintió en casa e hizo un brindis como aquel que celebra con sabiduría. Ambas se asimilaban a un espejo que es dispuesto uno contra el otro frontalmente.

El silencio quedó mudo. Porque al correr aquel joven con los labios sellados, hablaba. Pero no solo como aquel que genera sonido de su boca, sino como aquel que cuando dice algo todo lo que lo rodea escucha atento.

Y así, sucesivamente cada uno dio testimonio, opinión o juicio de lo que acontecía. Pero el joven siguió corriendo detrás de aquello que buscaba. Dolor y esfuerzo ya se habían convertido en lagrimas en cada ojo de aquel joven, mientras el seguía gritando – ¡Detente! ¡Ven Conmigo!

La verdad volteó de reojo y le dijo. – ¡No puedo si sigues corriendo!

E. H. Ali