La lluvia se había detenido por unos momentos. En el cielo se podían observar ciertos arcoíris que se mezclaban junto con unas nubes azuladas. Varios rayos de sol podían atravesar aquella escena dorada. Los mismos aterrizaban sobre un húmedo campo verde. El ambiente era agradable y se había tornado en algo que muchos pudieran decir que era pacifico. Un gorrión de aspecto joven y fuerte se encontraba sobre la copa del árbol mas alto de aquella pradera. Parecía que estaba esperando el momento preciso para emprender el vuelo. Una ardilla color marrón observaba el escenario con suma precaución y atención.

– ¡Gorrión! Le gritó la ardilla.

El gorrión dirigió su mirada hacia la ardilla de una manera sorpresiva. – ¿Que pasó querida ardilla? ¡Me has asustado con tus gritos! Le dijo con voz quebradiza.

– Solo he venido a desearte un gran día. He venido a ver tu gran talento que es volar. Aprecio bastante a aquellos que, con sus virtudes, usan lo que tienen y hacen lo que tienen que hacer. ¡Ahora, salta! ¡No detengas tu vuelo por mi presencia! Terminó de decir la ardilla un poco exaltada de la emoción.

El gorrión se quedo helado por las palabras de la ardilla. No por miedo, sino porque tenía ya casi diez años de no emprender el vuelo. La vida, las preocupaciones y obligaciones en esos diez años habían sido duras. El tiempo había pasado volando. Había sido un gorrión muy feliz en ese tiempo, no podía arrepentirse de nada, había hecho y deshecho a su antojo. Había aprendido del sol, del viento y la lluvia. También de aquellos bellos pastizales. Creó una familia hermosa, a la cual amaba con toda su alma. Se fortaleció su alma, también sus alas. Pero algo faltaba… le faltaba volar nuevamente. Los pensamientos inundaron la cabeza del gorrión con estos pensamientos y la reacción más lógica y sincera fue regresar la mirada a aquella ardilla que hablaba con una verdad interesante. Abrió las alas y le dijo:

-No he volado en años querida amiga. Para ser exacto, no he volado en diez años. Solo he venido a observar los rayos que penetran aquellas bellas nubes. Mi corazón vibra fuerte con tus palabras. No se si aún tengo ese talento y virtud de la que hablas. No sé si volar sea lo mío, o si quiera emprender el vuelo. Me he adaptado aquí, a la tierra, a la seguridad de no hacer eso que siento que debo hacer. Terminó sus palabras regresando su mirada hacia el horizonte de aquella verde pradera.

– ¿Acaso la lluvia teme al caer? ¿Acaso el sol se apena algún día para salir por el Este? ¡No! La naturaleza llama a hacer lo que tenemos que hacer. Si la vida te ha dado esas alas, ha sido para usarlas de la mejor manera posible. No puede justificarse el hecho de que existan miles de riesgos y que por ellos no las uses. Diez años han pasado, y solo espero que hayas aprendido a que ese tiempo haya sido para fortalecerlas. ¿Qué sería de nosotros si no usáramos nuestros dones? ¡Desperdicio pleno! Conozco a tu especie desde que tengo memoria, unos vuelan más, otros vuelan menos. ¡Pero vuelan! No me digas que tu no puedes hacerlo.

– Todos nosotros volamos. Contestó el gorrión un poco agitado, pero con una mirada calma. Como si se preparará para decir algo importante. – Todos volamos por razones distintas. Esa es la verdad. Unos volamos alto cuando encontramos aquello que nos inspira, otros vuelan por alguien o por una meta que se han puesto en su vida. Muchos otros vuelan para poder comer día a día. Muchos otros piensan que vuelan, pero en realidad están en su nido con los ojos cerrados. Otros pelean por quien vuela mas alto, caen y mueren. Algunos se burlan de los que vuelan y ni siquiera tienen alas. Otros vuelan a medias, pero creen ser los mejores. Existen maestros que enseñan a volar pero que nunca han volado. Alumnos que son los mejores en volar, pero no lo saben, así como otros que vuelan apenas y creen ser los mejores. Todos creen que volar es lo que importa. Mi sociedad ha caído en una locura por este tema. Incluso se ha decretado que nuestras bienes y servicios tienen un valor equivalente a horas de vuelo. Habrá que volar para intercambiar aquello que ocupamos para vivir. No se si les suceda a ustedes con aquello que son buenas ustedes las ardillas.

La ardilla se quedó pensativa con las palabras que había dicho el gorrión. Fue ella ahora la que fijaba su mirada en aquel húmedo campo verde. Le tomó varios minutos regresar al presente para contestarle a aquel joven gorrión. Fue entonces cuando recordó que era la hora del intercambio de bellotas en el árbol del centro del parque. Salió corriendo sin acabar la plática, despavorida porque llegar tarde le implicaría llegar sin comida a su casa.

El gorrión al ver que la ardilla corría en dirección contraria, saltó desde aquel árbol y dijo: – Aquella ardilla me ha recordado por lo que puedo volar. – Mientras se elevaba por los aires casi llegando a tocar a aquellos bellos arcoíris que pintaban el campo húmedo…

E. H. Ali

Jun- 2024