Y las palabras abordaron mi mente en un idioma desconocido, ellas flotaban acompañadas de risas nobles y pequeñas caricias. Encontré muchos abrazos. Pero sentí de una manera más especial un par de brazos, eran tan tiernos y llenos de un amor inexplicable; no eran míos, pero me sentía parte de ellos. También escuché algo en su pecho que me hacía sentir en paz ante tanto alboroto y ruido en el cuarto.
Los días pasaron y las voces siguieron, mis ojos se abrían para entender lo que pasaba, pero yo no entendía mucho; eso sí, lo sentía todo. Sus estados de ánimo eran como un libro abierto para mi. Sus risas y frustraciones me eran evidentes. Y a veces me daba tristeza los problemas tan banales que los perturbaban.
Una luz brillante iluminaba el día diciéndome que todo había empezado nuevamente. Intentaba moverme por la superficie blanda pero inmediatamente se me era colocado en mi posición inicial. Lo intentaba varias veces hasta que me vencía el sueño. Primero debía saciar mi hambre, y me encanta recordar ese momento porque era tiempo de estar nuevamente cerca de ese sonido intermitente que me calma.
Una voz particular tenía el mismo efecto de tranquilidad. A veces solo eran palabras o susurros de amor, y en otras ocasiones entonaban una melodía solo equiparable al coro de los angeles que escuchaba hace apenas unas cuantas lunas llenas.
Las ropas eran suaves y envolvían mi cuerpo calentandolo de una manera reconfortante. Las sábanas y los baños con esponja también eran de mi agrado. Claro, solo cuando eran administrados por esos brazos ajenos-mios de calma.
Otra vez veo borroso todo, creo que es hora de mi descanso, siento fluir algo por mi garganta que calma mi hambre nuevamente, escucho de nuevo los susurros de amor, los brazos de paz y la vibración que late intermitente y me arrulla llevandome hacia el infinito.
Sígo sin entender sus palabras, pero reconozco que me llaman hijo y a mi Todo, la debo llamar madre…
E. H. Ali