Y se levantan unos, mientras otros duermen,

y así es como se levantó el viejo en la madrugada,

imaginando la próxima hazaña a realizar para conseguir la leche y el pan para sus hijos,

le da un beso a su amada en la frente y se despide, seguido de una mirada determinante hacia el Cristo que cuelga de la puerta.

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El día comienza rápido a aumentar su temperatura,

el hambre no repara, la necesidad no se detiene nunca,

el tampoco, el tampoco…

latas, cartón y fierro viejo son sus acompañantes de viaje.

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Se detiene en un parque a tomar agua para calmar la sed,

pero las miradas de desprecio y miedo le hacen retirarse pronto,

¿Qué le he hecho a esta gente? Piensa el.

no hay tiempo de pensar, no me alcanza todavía para la leche de Valeria. Se responde.

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El fuego del pavimento no se compara con lo que escucha de la gente que maneja por la avenida,

¡Inútil! ¡Huevon! ¡Pordiosero! ¡Vividor! ¡Indio!

No hay tiempo para sufrir. No hay tiempo para pelear. Delibera su cabeza nuevamente.

Pasadas las cinco de la tarde, se esconde del sol, bajo el manto de sombra de un edificio y cierra los ojos. También abre su alma.

Con la mano en los bolsillos camina en el centro de la ciudad, ve ojos de desprecio, ojos de miedo, lo hacen sentir diferente cuando le echan del frente de un restaurant elegante.

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Sin embargo, ningún sentimiento de rabia le invade, solo el de tristeza.

Observa detenidamente los comportamientos egoístas de los habitantes,

personas se empujan para cruzar la calle; un hombre en la otra esquina golpea a su mujer,

 las patrullas por la otra acera cruzan a gran velocidad para detener un robo a mano armada.

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También observa a una mujer gritándole e insultando al chofer que estaciono su carro,

un perro es golpeado por dos niños ante la indiferencia de la multitud que pasa ensimismada,

las orillas de las calles reflejan un brillo multicolor creado por los botes de plástico derramados a la deriva del viento,

el pasto se ve seco, como que ausente de vida… combinando con su entorno.

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Después de lavar unos cuantos coches más y hacer algunos favores de ayudante de mecánico, termina su jornada,

camino a su casa se detiene en una tienda para comprar la cena y la comida para su familia del día siguiente,

al llegar a su casa es recibido por múltiples abrazos de sus hijos y una mirada cálida de su esposa,

y con una pequeña sonrisa sincera dijo el viejo:  – ¡Hoy fue un buen día amor! Aquí está la cena de hoy y la comida de mañana…

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¡Ah! – Exclamó, ensanchando su sonrisa en su cara. — Y también, la leche para Valeria…

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E. H. Ali