Me recuesto por la tarde, después de comer;
enrollo mi cuerpo con las sabanas, digno de envidia de un faraón egipcio,
mi mente en blanco descansa,
de repente llegan las palabras como gotas,
de una en una;
en cuestión de segundos me encuentro en medio de una tormenta,
chubascos, truenos, aire a gran velocidad,
el orden se convirtió en caos,
ó no sé si es al revés;
mis manos pesadas se hacen ligeras al sentir fluir la sangre caliente con mas rapidez,
abro los ojos y respiro,
observo el techo y sonrió.

– Estoy vivo, estoy vivo… Me digo.

E. H. Ali