Hemos de encontrar esa chispa que nos mueve,
hemos de buscarla en todos los rincones del alma,
del cuerpo que nos transporta,
hemos de saltar al vacío si es preciso,
dejar ideas, padres y sueños por encontrarla.
De ser necesario, abandonar todo lo que tenemos,
pero con una sonrisa,
chispa, chispa,
chispa capaz de incendiar hasta el mas verde y húmedo de los bosques.
Hemos de encontrarla, pero sobre todo de buscarla,
bajo los ríos y piedras del pensamiento,
dentro de los kilómetros de piel y tejido,
entre las millones de neuronas que brillan bajo el palpitante destello de su sinapsis.
Hemos de buscarla en nuestras emociones y recuerdos,
entre el temor, la ira y el deseo,
también entre la risa, el gozo y el cariño,
en los libros y en las esquinas de la calle.
Esa chispa se desliza entre el yo y el nosotros,
se escabulle entre el murmuro de la gente y de los días,
camuflaje perfecto que utiliza en la cotidianidad,
invisible es para aquel que no esta atento.
Si vuelas alto, ella estará enterrada,
si cavas bajo tierra, ella estará detrás de las nubes,
si vas al mar, ella estará en tierra,
y así es ella de opuesta.
Porque buscamos una flor, cuando ella es polen,
porque buscamos respuesta, cuando ella es pregunta,
porque buscamos y buscamos,
y ella es la misma búsqueda y respuesta.
No tiene forma ni aroma.
Ella ya estaba ahí en nuestra ilusión por encontrarla.
Cada hombre y mujer de esta tierra tendrá su propia Iliada y Odisea en obtenerla.
Afortunada y desgraciadamente, el aliado y enemigo en esta aventura es el mismo… El tiempo.
E. H. Ali