Aquella noche de Octubre, el joven de boina negra se sentó a observar el infinito estrellado, a viajar por el tiempo con su mirada. Una mirada vacía observando el vasto vacio. Entendió en ese momento que no era perfecto, pero que en su propia imperfección lo era.

Entendió que era ceniza y que también era eterno. Descubrió que el silencio a veces es más ruidoso que el mismo ruido, así, aprendió a callar su alma y encontrar templanza. Se dio cuenta de lo frágiles que somos y de lo fuerte que podemos ser; descubrió el poder de nuestro cuerpo y de nuestra mente… También se enteró que la usamos muy poco.

Esa noche, las estrellas bailaron alegremente con el cielo de escenario. No se limitaron ni cohibieron en sus danzas fugaces. El rindió homenaje al todo y se forjo una tregua entre su alma inquieta y la mismísima existencia. Un nuevo lazo formado…

Hablaron incesantes el resto de la noche.

Aprendieron el uno del otro.

Se abrazaron y sonrieron.

Al presentarse el señor Sol por la mañana, se generó una despedida amable y de sus ojos brotaron un par de lágrimas sinceras. El joven con una sonrisa volvió al trabajo, irradiado de verdad para seguir su lucha y su sueño…

Solamente que esta vez dejó su rifle, su pechera y su boina en su casa…

E. H. Ali