Ciudad devoradora de sueños

tierra árida, caliente, triste, llena de sangre

asfalto extenso, edificios de acero, pocos dueños,

tu veneno ha surtido efecto, no eres eso que soñé.

No sé si estoy más muerto que vivo,

no sé si estoy más vivo que muerto,

no eres tú, si no tus habitantes,

no eres tu sino yo, sino ella, sino ellos, sino yo… yo.

Nada se detiene, tampoco mi corazón,

el semáforo se burla en mi cara, sonríe frívolo,

lo observo con recelo, con cara de venganza, ¡No hay razón!

Hoy aborrezco el recuerdo, también el anhelo, ¡Todo voló!

Todo se fue, ¡Todo! menos yo,

la mezcla del sueño, la paz, el día y la noche se pierden,

se esfuman en un mar de ideas y letras borrosas,

la cabeza manda señales de alerta, la otra parte las ignora.

No paran las noticias que aterrizan en mi alma como dagas,

flechas certeras en llegar al blanco,

se ha declarado la guerra decisiva,

saldré victorioso de esta, también de las que siguen, también de las que fueron…

El abrazo del amigo también se ha hecho presente,

el recuerdo de lo dulce se encuentra no muy lejano,

se le divisa, aunque no se le siente, el sabor amargo es espeso todavía,

el sabor… lo bueno es que hay sabor de algo…

Todo sigue en curso,

no hay pausa en el asfalto quebradizo,

no puede detenerse,

yo tampoco, nosotros tampoco…

Me detengo en lo alto de la colina, una de ellas, una de tantas

enjambre incansable se observa,

risas y llantos, glorias y lamentos,

y a todos nos sigue cayendo la misma lluvia. Bajo las mismas nubes somos y estamos…

Mi nariz gotea lentamente indicando precaución por el frio,

las manos blancas con tonalidades moradas aparecen,

me retiro, rio, vuelvo a sonreír…

Vuelvo, y bajo nuevamente de esa hermosa montaña con forma de silla…

E.H. Ali